Querida Ekaterina Serguéievna:
Deambulo por las majestuosas ruinas en el mismísimo corazón de América Latina y recuerdo cómo, hace muchísimos años, cuando éramos escolares, nos llevaron de excursión a algún museo de arquitectura. ¿Se acuerda? Usted y yo nos aburrimos de lo lindo y, en vez de recorrer las iglesias de madera, nos escapamos a vagar por los campos verdes. ¡Vaya reprimenda nos cayó entonces!
¡Y míreme ahora! Varias decenas de años después, Dimas Kalabás visita por voluntad propia un monumento arquitectónico. Y, al igual que entonces, ante mis ojos se extienden interminables campos verdes hasta donde alcanza la vista. Solo que aquí hay palmeras en lugar de abetos, y no mansiones de madera, sino ruinas rojizas, muy rojizas, del color de la tierra de estas tierras. Sobre ellas se posan búhos y buitres, en vez de los cuervos a los que estamos acostumbrados.
Me observan, esos búhos, con severidad desde sus columnas rojas. Exactamente igual que nuestra maestra cuando nos regañaba. Me clavan sus ojos amarillos como si me preguntaran: «¿Qué haces vagando por aquí sin rumbo, Dimas? ¡Hay que pensar en lo eterno, y tú otra vez recordando la infancia! Han pasado tantos años y sigues sin servir para nada». Mi madre también me decía lo mismo: «Dimas, ¿cuándo vas a ser de provecho? Todo el tiempo andas recorriendo el mundo, cuando deberías vivir donde nacieron y trabajaron tus antepasados, y trabajar con dignidad para que las siguientes generaciones se sientan orgullosas».
Recuerdo que mi madre siempre me ponía como ejemplo la casa que construyó mi bisabuelo. Allí nació mi abuelo, nació mi madre, nací yo, y durante muchos años vivimos todos en esa casa, mientras ella seguía envejeciendo y deteriorándose. Toda la familia esperaba que yo también viviera allí y la mantuviera para entregársela a las generaciones futuras. Qué lástima que mi alma no esté hecha para pasar toda la vida en una sola casa. Quiero conocer el mundo y no contemplar únicamente el abedul que mi bisabuelo plantó a las afueras del pueblo. ¿Y de qué sirve una casa? Aunque fuera de piedra, un palacio o una iglesia magnífica, con el tiempo todo acabará convertido en ruinas sobre las que solo se sentarán los pájaros y turistas pensativos como yo, Dimas Kalabás. O incluso no quedará más que un campo vacío sobre el que planeen los buitres en el cielo. Y el abedul que plantó mi bisabuelo también lo partió una tormenta hace unos años; en nuestro pueblo no quedó de él más que un tocón.
Cada uno tiene su destino, Ekaterina Serguéievna. A unos les ha sido dado construir casas; a otros, vivir en ellas y amasar fortuna; y a otros, recorrer el mundo sin descanso. Así voy yo, vagabundo incorregible, volando por el mundo como un pájaro libre, contemplando los arabescos de los bajorrelieves en las ruinas de otras épocas y contándoles a los demás mis viajes. Quizá mis aventuras inspiren a alguien a emprender el camino. Quién sabe, tal vez usted también se decida a venir a visitarme a Sudamérica. Luego podrá contarles a sus nietos historias de tierras lejanas. Porque, al fin y al cabo, ¿qué otra cosa puede uno dejarles como herencia para que perdure en la memoria?
Reflexionando sobre lo eterno,
Dimas Kalabás